La originalidad no existe

La originalidad no existe · El oficio del escritor · Ibai Fernández

¿Mala noticia? ¡Para nada! Es más, es una maravillosa: puedes quitarte ese peso de encima.

¿No te sientes mejor al pensar que no tienes la obligación de ser original para que tu obra sea una buena obra? Un día hablaba con un director de fotografía mientras me tomaba un helado en una placita que había cerca de mi casa. Yo quería que él fuera el director de fotografía de uno de mis cortos, así que empecé a «contarle la película». Un pitch en toda regla para convencer —la magia de los cortometrajes— a un profesional —a unos cuantos— para que trabajen en «tu idea» de manera gratuita; por amor al arte. El guión le interesó, decía, estaba bien escrito, decía, y contenía buenas ideas dramáticas, decía; decía también que proponía un juego temporal interesante (uno que luego hubo que adaptar conforme se fue desarrollando la producción, no obstante) y en general, estaba satisfecho con la literatura del corto y dispuesto a involucrarse en el proyecto a partir de ella y de la que fue mi pasión a la hora de contarle cómo podía ser su producción y su realización. Pero me dijo algo perturbador en el proceso: 

Meme Pensar

—Oye, ¿y no has pensado que sería interesante si ambientamos esto en un futuro distópico? No sé, tal protagonista podría tener un miembro cibernético o un ojo biónico y tal otro una…

Yo me quedé un poco de piedra así como por dentro. Le dije que sí, que claro, que era una gran idea y que la pensaría; ya había trabajado con ese director de fotografía anteriormente en otro tipo de proyectos y sabía que era muy, muy bueno haciendo su trabajo.

Disclaimer: nunca llegó a ser el director de fotografía del corto, por cierto.

Además, tenía su propia empresa de publicidad con la que, entre otros, hacía anuncios de coches deportivos, por lo que quería entrar en su mundo —que me dejara entrar— de cualquier forma que fuera posible (por ejemplo, demostrándole que era un buen guionista y director de cine de ficción).

Ahora bien, en realidad, lo que se me pasó por la cabeza cuando me dijo eso que me dijo fue: «¿Qué carajos? Es una historia en la que dos parejas se engañan mutua, recíproca y simultáneamente. ¿Qué sentido tiene despistar al espectador de lo que es el drama romántico y el cuadro costumbrista que el corto supone haciéndole creer que en cualquier momento va a aparecer Luke Skywalker con su sable láser o un T-800 sobre una Harley Davidson preguntando por Sarah Connor?»

Ahora que recuerdo aquella conversación con la perspectiva que dan los años, empiezo a entender qué era lo que aquel director de fotografía me quería decir.

T-800

Yo estaba obsesionado con el drama tal y como venían dados los acontecimiento en el guión que yo había escrito —con la ayuda de algunos amigos, por cierto. Yo quería representar lo que en aquel momento pensaba sobre las relaciones —mucho de lo que, de hecho, aún hoy pienso —: que si eran de esta o de aquella manera, que si se basaban en estos o aquellos motivos y que si estaban llamadas a perdurar o no en función de las que fueran las circunstancias que cada uno de los miembros de cada una de esas parejas (de las que tomaban parte en el corto como reflejo de cualquier otra del mundo real) estaba dispuesto a aguantar, con las que estaba dispuesto a transigir.

Me interesaba el factor humano, me interesaba demostrar mi punto de vista al respecto. Lo sentía como una obra verdaderamente original. Quería que los espectadores disfrutarán de él, pero tenía esa necesidad de hacerlo «porque me salía de la entraña». Verdaderamente pensaba que esa historia necesitaba ser rodada a la expensa de la que fuera la atención que posteriormente suscitare.

No llegué a entender el porqué de su sugerencia hasta mucho tiempo después. Ya veremos por qué.

Yo también quería quiero ser cineasta

Primero dejadme que os cuente cuáles fueron las razones que me llevaron a querer ser cineasta en primer lugar. Bueno, la razón. Y es que recuerdo que el segundo pensamiento que tuve de joven sobre qué quería ser de mayor fue al instante de salir de la sala de cine cuando terminé de ver Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994) por primera vez. Sí, era un crío y, para el que se lo pregunté, antes de director de cine quise ser pastor de ovejas. Aún hoy creo que es algo que me hubiera provisto con mucha felicidad, pero esa historia quizás la deje para otro libro.

El tema es que en aquel momento pensé que no había más modo de ser original que en el cine y justo haciendo lo que Tarantino hizo en ese film: mezclando los tiempos de las películas y construyendo tramas que se me antojaban como diferentes películas que se habían entremezclado para ofrecerme la sensación de que había visto sólo un trocito de un mundo más grande que no podía ser recogido a través de una cámara de cine —al menos no en dos o tres horas de película—, pero que estaba ahí esperando a que el mismo director o incluso cualquier fan decidieran hablar de él, mostrarlo, retratarlo, elaborar otro relato que incluyera otras partes del mundo que Tarantino había creado. Corrí a ver Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1991) y me encontré con un tal Vic Vega. No era Vincent, sino Victor. Caramba, Tarantino se las sabía todas.

Años después entré en la facultad de Comunicación Audiovisual —sí, no había dinero para estudiar en una escuela privada de cine, qué remedio— y corrí a hacer mi primera tesis sobre el cine de Tarantino. Había pasado casi una década desde que vi Pulp Fiction por primera vez y estaba dispuesto a saber todo lo que hubiera de saber sobre Tarantino para poder impresionar a mi profesor de Historia del Cine. Cuál no fue mi sorpresa cuando averigüé que ninguno de sus recursos era suyo. Que no sólo lo de fraccionar las películas temporalmente no había sido su invento (sino invento de la Nueva Ola Francesa décadas atrás); que lo de utilizar un mismo mundo para situar varias historias en películas diferentes con personajes que estaban relacionados entre sí era carne frecuente de la literatura detectivesca que, precisamente, había inspirado (desde el mismo título) la película que a mí me inspiró a dedicarme al mundo del cine (la literatura pulp)… sino que, más allá, no sólo ninguno de sus argumentos eran originales (de Reservoir Dogs, sin ir más lejos, se dice que es un plagio de City on Fire  Lung foo fung wan, Ringo Lam, 1987) sino que su trabajo consistía en repetir algo que ya había puesto de moda otro autor… 250 años antes de Cristo. Me refiero a Tito Maccio Plauto, un comediógrafo latino que utilizaba como recursos para su producción dramática la contaminatio  y el vertere, recursos, para colmo, consistentes en, básicamente, plagiar de un modo u otro la Nueva Comedia Griega adaptando sus circunstancias a la realidad romana.

Y ahí fue cuando me golpeó: circunstancias. Ahí está la clave.

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Lo que lees es parte de la serie «El oficio de escritor», dedicada a hablar del proceso de escritura y todo lo que él atañe: miedos, bloqueos, procesos, métodos y, en general, un puñado de no muy malos consejos sobre cómo afrontar ciertas partes de la vida. Puedes seguir el hilo de la serie continuando al siguiente artículo o visitando el anterior si aún no lo leíste.

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El miedo a escribir es el miedo a enfrentarnos a nosotros mismos, a no ser capaces de preservar nuestra identidad.

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Las circunstancias es la clave donde radica la verdadera originalidad de una obra, ya sea que está escrita o en cualquier otra versión que se ofrezca.

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En abril de 2020 comencé The IF Show en Youtube para hablar de ciertos asuntos de los que quería hablar. Después de comenzado, la cantidad de trabajo desplazó el tiempo — y la energía — que tenía para hacerlo, por lo que dejé de producirlo y emitirlo en algún momento del otoño de ese año. Voy a volver a las andadas más pronto que tarde, pero mientras que lo hago, puedes disfrutar de lo que en su momento fue.

Ibai Fernandez
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