No somos héroes: prólogo

No somos héroes - Prólogo - Héroes y antihéroes

18 de marzo de 2021, 10:41 h.

La viada

Quito, 5.51 am de un jueves cualquiera de un marzo del siglo XXI.

Llueve incesantemente (como durante los últimos 90 días) y la perra de mi madre (su chucho, literalmente, sin peyorativos) me observa como esfinge dos metros más allá de la mesa de mi despacho, a la que me siento para escribir estas líneas. Está nerviosa porque quiere salir al patio a hacer sus necesidades, pero llueve demasiado y cuando le he abierto la puerta no ha querido salir. Supongo que, además, el perpetuo sonido de la lluvia sobre nuestro tejado no la hace sino tener cada vez más ganas y la pobre, de educada, se está aguantando las ganas.

Antes de llegar aquí soñaba con lucidez con cómo el proceso de un tatuaje sobre mi espalda era interrumpido porque el azul del stencil del tatuaje anterior — el que en la narrativa del sueño me había hecho con anterioridad al que me estaba haciendo en ese momento — no se me había ido. Mi tatuador — el de siempre, el que me ha hecho todo lo que adorna mi piel hasta día presente a excepción de uno de ellos —, que lucía una increíble melena de rizos negros que jamás ha tenido, se detenía y no me explicaba por qué hasta un rato después de haberlo hecho. Me insistía en que no se había ido el azul de Jackie. «Jackie» resultó ser un tatuaje horrible que me había hecho en uno de mis gemelos a todo color. Mis tatuajes, todos también salvo uno, son monocromáticos. Tinta negra sobre más tinta negra con diferentes diluciones.

Un hombre más cansado que viejo hablaba a mi espalda, por mi derecha, sacándome de quicio al proferir unas pocas palabras en cada respiración y haciendo de cada una de dichas respiraciones un ronquido. No hablaba nada con sentido; sólo me desesperaba tanto como ahora lo hace el nerviosismo de mi perra (que es de mi madre, pero también la siento en parte mía).

El sueño ha acabado conmigo mintiendo al respecto de cuánto fumo últimamente, diciéndole a mi tatuador — y a algo así como un asistente suyo — que lo hacía cada vez menos… cuando cualquiera que me conozca (y mucho más que conviva conmigo) sabe que eso no es cierto.

Hablando de nerviosismos, es la primera mañana que no me levanto presa de un indecible pánico. Ayer por la noche me acosté respondiendo una carta y creo que el intercambio de impresiones que se produjo en ella me hizo sentirme mucho más relajado que lo he estado desde el último Día de los Inocentes, día en el que — por alguna razón que aún no consigo entender — mi signo cambió como si de una componente matemática se tratara: estaba todo bien y positivo y, a partir de ahí, todo se ha ido al traste durante los últimos 90 días (algo menos, considerando la fecha).

Aunque mentiría si dijera que la carta ha sido todo el bálsamo que necesitaba para levantarme una buena mañana de marzo como ésta y decidir que todo (de repente) ya iba (a ir) bien. Las cosas siguen igual que ayer y que anteayer. Las cosas siguen bastante parecidas a como lo estaba aquel día 28 de diciembre cuando me acosté, porque no recuerdo haberme levantado con mal ánimo aquel día. Al contrario, me levanté con el ánimo propio de lo que serían unos días que, hasta después del Día de Año Nuevo había decidido — por fin y después de muchos meses de incesante trabajo — regalarme al margen de los quehaceres diarios de alguien que es su propio jefe (una idea que debatiremos en algún momento). Pero no creas que me voy a detener a preguntarme qué ha cambiado en este momento y en este lugar. Voy a aprovechar la viada (que, por cierto, por si no lo sabíais es un término náutico) para comenzar hablando un poco sobre mí. Sólo un poco.

viada

nombre femenino

Movimiento brusco que hace un barco al empezar a andar o al aumentar de forma repentina su velocidad. Sinónimos: arrancada.

Sobre el título y su autor

Hablar de uno mismo es una bestia de dos caras. Por lo general, nos pasamos los días (e incluso las noches, por supuesto, cuando estamos bien dormidos) haciéndolo. Hablamos tanto hacia fuera como hacia dentro; sobre todo, hacia dentro (por mucho que lo hagamos hacia fuera). Mantenemos un infinito diálogo interior con nosotros mismos día a día, hora a hora y minuto a minuto. Un diálogo en el que intentamos obtener significado y simbolismos constantes que nos pueda llegar a explicar los intrincados problemas que sentimos tener. Un diálogo que no se puede detener, que a duras penas se puede acallar — salvo quizás para los maestros del arte de la meditación (sí, lo considero un auténtico arte) y para aquellos desafortunados cuyas funciones cerebrales no permiten desde un principio que dicho diálogo se produzca.

Y digo bien, ojo, y a conciencia: «diálogo». «Diálogo» como en «a través de la palabra», en oposición a «monólogo» (que es más bien un recurso retórico que una conversación real que uno pueda tener consigo mismo). Porque en una conversación, incluso con uno mismo, hace falta que se den cita, al menos, dos puntos de vista. Muchas veces incluso se dan cita más de dos voces. Esto no tiene por qué significar inevitablemente que somos un caso clínico de salud mental — lo que no quita que podamos serlo (examínate por tu doctor si crees que de eso se trata tu diálogo interior) —, sino que estamos vivos, somos conscientes del mundo que nos rodea y diferentes estímulos nos causan diferentes impresiones que se contraponen a otras impresiones generadas por otros estímulos. El cambio de opinión al que los humanos estamos habilitados por derecho es el producto de esas dos (o cuarenta) voces queriendo imponer qué es lo mejor «bajo cada uno de sus puntos de vista». Y es normal. No es estar loco (aunque, insisto, si lo implica o no es algo que yo no puedo aconsejar desde mi mesa sino que un psicólogo o psiquiatra debería hacer desde la suya después de haberte hecho el apropiado reconocimiento).

Sin embargo, muchas veces (o para muchos de nosotros) al ser exigidos que de una manera más formal expresemos un poco sobre nosotros mismos, ese diálogo de repente se convierte — esta vez sí — en un monólogo. Un monólogo que empieza con una pregunta que en principio nos debería ser sencilla de responder: «¿Quiénes somos?». Continuada, tal vez, por otras igualmente pesadas de definir: «¿Qué decir de mí, qué es lo importante?» Y, más allá: «¿Por dónde empiezo?» La respuesta más sencilla y, supongo, la que a la mayoría de nosotros se nos viene a la mente (quizás porque es lo que nos han enseñado — a nivel educativo y, por tanto, cultural — que es lo lógico o quizás porque es la forma más sencilla que se nos ocurre de comenzar algo) es el principio. Algo así como:

Soy Ibai Fernández, tengo 35 años hace los cuales nací en una ciudad del sur de España que se llama Málaga, ciudad que año tras año se suele llevar una cantidad indecible de premios sobre lo bueno de su calidad de vida y la felicidad y el bienestar de sus ciudadanos. Yo, sin embargo, siempre quise «escapar» de ella. Pero eso es otra historia para otro momento.

Ahora bien, estructuralmente, he dicho más sobre la ciudad en la que nací que sobre mí mismo y, contextualmente, no he dicho nada sobre quién soy. He dicho cuál es mi nombre, qué edad tengo y en qué ciudad nací (y, por cierto, me crié). Eso no dice mucho sobre mí. Todos — por necesidad — compartimos esos datos: un identificativo, un tiempo en este mundo y un lugar de partida.

Hace no mucho, en ese perenne itinerario de «encontrarse a uno mismo» me vi tomando parte en unas jornadas budistas de auto-conocimiento. Llegué a molestarme mucho con el instructor (monje, lama o lo que fuera) cuando dijo algo que, no obstante, a todas luces se antojaba verdad. Algo así como un aforismo o axioma budista que reza:

«El poseedor y la cosa poseída no pueden ser la misma cosa.»

Y, por obvio, que conste que parafraseo. Quizás cualquier budista salga de su estado de profundo trance y se lleve las manos a la cabeza si me lee tratar de decir algo que él (o cualquier compañero de creencias) podría decir de una manera cien veces más bella (y quizás hasta acertada). Pero lo cierto es que, por mal que me haya salido, es la reflexión que más me ha hecho pensar en los últimos tiempos — que supongo que es de todo lo que se trata el ejercicio.

Plantéate: sin decir qué tienes, dime quién eres. O en otras palabras, dime quién verdaderamente eres. Tu nombre no te define: es un identificativo necesario para el curso burocrático de tu vida en la que sea la sociedad en la que vivas — sea cual sea ésta y al nivel que esté burocratizada —, para que te puedan identificar. Tu apellido, aunque en cierto aspecto hable de tu ascendencia, no es más que parte de ese identificativo. Tu edad es un cálculo temporal que principalmente va a servir a doctores y directores de recursos humanos para tomar ciertas decisiones más relacionadas con los trabajos que ellos eligieron que propiamente con tu vida. Y la ciudad donde naciste me habla de la que podría ser la macrocultura contexto de (parte de) tu desarrollo, pero no de cómo tú has absorbido dicha cultura o de cómo haces gala de ella a día de hoy.

Así que la pregunta sigue estando vigente: ¿Quién eres verdaderamente? «Cómo eres» tampoco dirá quién eres (pues el quién y el cómo atienden a dos aspectos diferentes de un mismo concepto). Así que esto se convierte en un uróboro (que, a fin de cuentas, es exactamente como el budismo, a expensas de la que pueda llegar a ser la realización espiritual definitiva — el ínclito nirvana — concibe el mundo en el que vivimos.

Uróboro, ouroboro o uroboro (del griego οὐροβóρος [ὄφις]) es la «[serpiente] que se come la cola», a su vez de οὐρά, «cola», y βόρος, «que come». Es un símbolo que muestra a un animal serpentiforme que engulle su propia cola y que forma un círculo con su cuerpo simbolizando el ciclo eterno de las cosas, el esfuerzo eterno, la lucha eterna… o bien el esfuerzo inútil, ya que el ciclo vuelve a comenzar a pesar de las acciones llevadas a cabo para impedirlo.

Es, en definitiva, me atrevería a decir, una invitación perenne a observarnos, al auto-análisis y a la la auto-crítica, a mantener ese diálogo interior del que hablábamos en primer lugar a dos o más voces… a, en definitiva, no vivir nunca satisfechos con nosotros mismos porque, de algún modo, siempre parece que hubiera algo que se puede mejorar, sobre nosotros mismos y sobre nuestro contexto. Porque es — entre otras cosas — lo que nos enseña la historia de nuestra propia raza (la única raza, la humana). Y precisamente por ello, eso es en una parte muy importante (esencial) de lo que significa «ser humanos»: el milagro de la auto-conciencia y el pecado o vicio (necesario, obligatorio, inevitable) de la continua (y odiosa) comparación.

Si has nacido en una sociedad occidental entre este siglo (el XXI) y la mitad del pasado, más que probablemente has sido objeto (que no víctima, ya analizaremos esto en algún otro momento) de una corriente macrocultural que de una forma u otra ha metido en tu cabeza la necesidad de «mejora continua». Si has nacido en ese período de tiempo es más que probable que hayas leído aquello de:

«No es signo de buena salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma.»

O incluso habrás asistido a esa discusión tan en boga sobre cómo se ha convertido en una constante que el ser humano adulto necesite un promedio de media docena de píldoras para sobrevivir a esa enfermedad que él mismo ha creado bajo el nombre de «sociedad moderna». Quizás te hayas encontrado con ese meme que dice:

¿Estás listo para que tu totalmente normal reacción a una sociedad de mierda sea diagnosticada como enfermedad mental de modo que te convierta en un adicto a drogas que alterarán constantemente tu estado mental para el resto de tu vida?

La que lo dice (en el meme — al menos el que me llegó a mí y que guardé para quizás algún día como justo en este momento poder compartirlo con vosotros — es una psiquiatra (se entiende) con tres títulos universitarios a sus espaldas y con cara de sociópata.

Las redes sociales (las mismas en las que encontré dicho meme, por cierto) no han hecho en tal sentido nuestras vidas sino un poco más difíciles (y de esto poco tengo que añadir que no se haya dicho demasiadas veces ya). Ahora bien, como suele decirse, «cada uno adopta la droga de su más conveniente elección». Y las redes sociales son una de muy (cada vez más) amplia elección. Se trata de otro invento del ser humano que, como las máquinas tragaperras o la religión — por decir las dos primeras cosas que se me vienen a la cabeza — complementan la vida humana con el grave peligro de acabar convirtiéndose en el epicentro de ese sismo que todos experimentamos 24 horas al día 7 días a la semana por la duración total de nuestra existencia consciente en la superficie de nuestro planeta y a la que llamamos «vida» (a expensas, una vez más, de que te conviertas en un auténtico maestro del arte de la meditación y consigas que el sismo pare lo más frecuentemente posible).

Estas «sociedades dentro de sociedades» (y no me refiero sólo a las redes sociales, sino a todo aquel comportamiento que presente el subyacente peligro de convertirse en una «sustitución de la vida» más allá de complementarla) tienen el mismo peligro que tiene la sociedad primigenia en la que se forman y que es ese mismo uróboro del que antes hablábamos: la necesidad de que, sin importar las acciones tomadas en su transcurso, todo en algún momento se sitúa al mismo principio de donde partieron.

Bueno, exactamente al mismo quizás no. Y es que nuestras circunstancias cambian y con ellas cambiamos nosotros pues son (dichas circunstancias) parte inexorable e inherente de quienes somos y, por tanto, de cómo enfocamos dichas circunstancias y dichas repeticiones de ciclos que parece abocarnos a más circunstancias similares.

Puesto de forma sencilla, dice un tópico que:

«La vida siempre te devuelve las mismas pruebas hasta que por fin eres capaz de superarlas.»

Que si no las superas del todo se te seguirán apareciendo para darte otro intento a ponerles solución.

La verdad, cada día creo confío menos en aforismos y axiomas, pero sí que hay algo de cierto en que muchas de las situaciones con las que en su momento hemos estado disconformes o que se han convertido en una abundante fuente de displacer para nosotros se vuelven a repetir con cierta periodicidad si no somos capaces de encontrarle una solución concreta en un momento concreto y de una vez por todas.

Ahora bien, aquí viene la buena noticia: no tendríamos que sentirnos mal al respecto, porque no somos héroes. Y, aún mejor, no estamos obligados a serlo. Sólo un verdadero héroe puede enfrentarse al villano y acabar con él de una vez por todas. Eso pasa en las novelas, en las series y en las películas para devolvernos a casa o dejarnos dormir o entretenernos un ratito y hacerlo — en cualquiera de esos casos — con el mejor sabor de boca posible. Entre otras cosas porque probablemente hayamos invertido un dinero en consumir esa historia y el refuerzo positivo que ese algo nos aporta no es más que una promesa de valor que nos invita a que volvamos a consumirlo en algún momento. Esa buena sensación, ese placer, esa tranquilidad que se nos instala en el cuerpo — en la mente o en el espíritu, tanto me da — y que nos permite regresar a un lugar de calma esporádico además de tener que algo que socializar en comunidad — que, por cierto, es otra componente de aquello que nos aporta calma y de lo que en su momento también hablaremos.

A fin de cuentas, ¿quién no tiene una película, una serie o un libro favorito que, cuanto menos, le permite un período de calma equivalente a lo que dicha película, dicha serie o dicho libro tarde en ser consumido (e incluso, quizás, que le devuelva cierta alegría cuando la alegría se nos antoja un bien de algún modo difícil de alcanzar)? O, quizás, el mismo hecho de hacerlo sin necesidad de tener que tener un favorito. A fin de cuentas, como decíamos antes: 

«Cada uno toma la droga de elección que más conveniente le resulte» (incluso, podríamos añadir, «en cada momento dado»).

Así que lo que en esta ocasión os propongo — lo que os voy a proponer en el transcurso en el que consumáis el momento narcótico que leer este blog os suponga — es que dejéis de haceros los héroes. Que asumáis que ninguno de nosotros lo somos ni lo seremos jamás — salvo en momentos puntuales en los que decidamos meternos en una casa en llamas o saltar al mar desde el muelle para salvar a alguien en peligro, por ejemplo —, porque los héroes existen (salvo en contadas excepciones como las ahora mismo descritas y otras situaciones análogas) en las películas, en las series y en las novelas.

Porque lo que todos somos, en todo caso, es antihéroes. Y eso no sólo no es malo, sino que, una vez aceptado, es lo mejor que nos puede pasar (y eso es lo que os voy a demostrar a lo largo de todas las líneas que me lleve hacerlo).

Porque todo en el universo tiende a su estado de máximo reposo, lo que convierte a este universo en un lugar construido «a pérdidas». Y en un lugar construido a pérdidas, un antihéroe tiene mucho más que ganar que un héroe. Infinitamente más.

Porque un antihéroe puede centrarse en sus virtudes y en sus defectos, lo que lo convierte en una «persona normal» sin que eso tenga que costarle una úlcera ni un ataque de pánico ni, mucho menos, neurosis (lee «inestabilidad emocional» si los términos médicos te apabullan, incomodan o te resultan, en lo personal, insultantes) por no estar salvando a la galaxia a bordo del Halcón Milenario, metiendo el triple de último minuto que hace de su equipo el ganador del más importante de los torneos jamás competidos ni venciendo al Duende Verde en la enésima batalla por evitar la destrucción de la ciudad de New York, por ejemplo.

Pero, sobre todo, en no tener que estar batallando continuamente (mucho menos con uno mismo) por un estado de «mejora continua» que la misma esencia de nuestra propia «sociedad moderna» (por los siglos de los siglos, amén) nos ha inculcado a un nivel que parezca ser ya casi genético. Así que empecemos por una importante definición:

¿Qué es un antihéroe?

antihéroe, antiheroína

Personaje de una obra de ficción que desempeña el mismo papel de importancia y protagonismo que el héroe tradicional, pero que carece de sus características de perfección por tener las virtudes y defectos de una persona normal.

Id anotando las primeras claves en vuestro cuaderno (sí, mejor que uséis un cuaderno porque el usar lápiz — o bolígrafo — y papel ayuda a la concentración y a la creatividad, que lo sepáis): «obra de ficción», «papel», «protagonismo», «tradicional», «perfección», «virtudes y defectos» y «persona normal». Ya tendremos tiempo — y lugar(es) — de ir diseccionando cada una de esas claves a lo largo de lo que se viene, que no es más que un viaje — como el que la vida es en sí mismo — desde — como todo viaje — un punto A a un punto B. Puntos que, idealmente, serán, de hecho, el mismo. Porque como ya hemos comentado, la vida, sus circunstancias y lo que ambas — que son una misma cosa en lo que a cada individuo (cada uno de nosotros) se refiere — puedan traer consigo son un uróboro: ese animal mitológico que se muerde su propio cola, que se encuentra a sí mismo al final de un ciclo que siempre es el mismo porque él es, en sí mismo, dicho ciclo, así como todos somos nuestro propio ciclo, del que además formamos parte indisoluble.

Si ya os encontráis confundidos, ¡mucho mejor! Si aún no lo estáis, dadme la oportunidad de seguir dándoos en qué pensar… y con lo que confundiros. En realidad, cuanto más confusos estéis más libres estaréis de poder pensar en lo que queráis pensar sin que os importe un pimiento qué es lo que estáis pensando en cada momento. Y ése, queridos lectores, sería para mí un éxito sin paliativos que habría conseguido con todo esto de lo que ya os estoy haciendo partícipes. Así que, sin más, demos por comenzado el viaje que habrá de llevarnos — si lo hacemos bien — justo a donde nos encontramos ahora mismo.

¿Qué te pareció? Déjame un comentario.

Prometo responderlos todos.

2 respuestas

  1. Me ha encantado, como siempre Ibai! Magnifico todo cómo lo has descrito, creo que todos hemos pasado por ello y al final es verdad, no somos más que antihéroes. Al final, para qué tanto querer enrollarnos con la vida? Vaya pasada de preguntas profundas en la que me sumergiste. He pasado el trago ligero por ahora pero creo que se vendrá más intenso jajaja

    1. Gracias, Yelitza. Pero ojo, que «no ser más que antihéroes» ya es ser «mucho muchísimo», al respecto de lo que espero que estemos de acuerdo conforme se desarrollen los episodios. Y yo te diría que «tanto querer enrollarnos con la vida» es una mezcla del influjo de la macrocultura junto a una capacidad muy especial que tenemos los humanos de pensarlo todo varias veces. Y porque «la vida es una» y creemos que «único» y «especial» han de ser la misma cosa. Aunque esto es harina de otro costal… y puedo que incluso de otro episodio. Espero que no te pierdas lo que se viene.

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Ibai Fernandez
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