No somos héroes: Ep. 1 – Héroes y antihéroes

No somos héroes Ep. 1 - Héroes y antihéroes

24 de marzo de 2021 18:11

Héroes y antihéroes

Aviso para navegantes: el propósito de estas líneas —y de este volumen— no es el de hacer un análisis exhaustivo sobre las figuras del héroe y del antihéroe desde ningún punto de vista científico. No me voy a poner psicológico ni antropológico ni mucho menos metafísico en relación a lo que la figura del héroe (y la del antihéroe) representa para nuestra cultura. Entre otras cosas porque nuestra cultura —por mucho que pueda estar globalizada a día de hoy— es diferente. La tuya, la mía y la de cualquiera alrededor. Porque una cosa es la cultura y otra cómo experimentamos esa misma cultura. Y desde el momento en el que dicha cultura pasa el filtro de nuestra propia percepción, cada cultura se convierte en un universo de significados que son experimentados de manera diferente por cada uno de nosotros componiendo, en resumen, una «microcultura personal» (sociólogos, échense las manos a la cabeza y, por favor, observen detenidamente cuánto me importa que lo hagan). De hecho, lo que pongo de manifiesto en estas líneas —y en este volumen— no es más que, precisamente, la expresión de mi «microcultura personal» en relación a una serie de eventos que —considero— todos atravesamos más pronto o más tarde en nuestra vida (nuestros viajes, como hemos dicho y como veremos a lo largo de este texto).

Algunos quizás quieran llamarlo «filosofía». Yo creo que todos nos equivocamos. Todos nos equivocamos constantemente y, de vez en cuando, alguno acierta. Ése es el héroe. Pero no adelantemos acontecimientos.

Lo que sí voy a hacer, por supuesto, es basarme en el gran trabajo previo que hay en relación a estas figuras (la del héroe y la del antihéroe) para sumergirnos en un viaje que atraviese cada una de las etapas que dicha travesía tradicionalmente implica; todo ello con el objetivo de ver cómo cada una de esas etapas forma parte indisoluble de cada uno de los ciclos que, en suma, acaban componiendo un ciclo mayor, que es el de nuestra vida. Porque, recordemos:

«El conjunto es más que la suma de sus partes».

O así reza una de las leyes de la Gestalt. Pero lo cierto es que ver esa «gran fotografía» no es fácil, mucho menos cuando se está inmerso «en una parte de una de esas partes»; esto es, si la vida es un ciclo conjunto de otros ciclos menores —que nunca lo parecen tales cuando estamos inmersos en ellos, no obstante— y dichos ciclos tienen a su vez sus etapas, cuán complejo no nos resultará ver «el gran ciclo» desde donde estamos a cada momento. Es cuando otro tópico se viene a la cabeza; uno que reza:

«Que el árbol no te impida ver el bosque».

Hace no mucho me enzarzaba con alguien en un debate sobre la compleja relación de amor y odio que muchos de nosotros (quizás todos, no sé, pero desde luego que yo sí) podamos tener en relación a los aforismos; esas frases breves, doctrinales, lapidarias… que se proponen como alguna suerte de regla máxima, urgente y definitiva. Dicha relación pasivo-agresiva que pendula con ostentosa facilidad del amor al odio —más odio que amor, en mi caso— es fácil de entender cuando el significado que en cada momento determinado cada una de ellas pueda conllevar pendula, en el momento o con la circunstancia siguiente, a una posición en la que es fácilmente atestiguaba  una rigurosa carencia de dicho significado —e incluso una carencia absoluta de sentido general.

Por ejemplo, una frase como la citada puede tener el mayor sentido del mundo cuando algo —dígase algo negativo— nos impide ver otro algo —dígase algo positivo. Hasta ahí todo bien. Pero, de repente, minutos más tarde alguien te comparte un pensamiento como que la vida es un gran ciclo compuesto de ciclos menores cada uno con sus diferentes etapas (ya veremos cuántas) y que, verdaderamente, puede resultar harto complejo ver todo el bosque (el gran ciclo que es la vida) no sólo cuando tienes delante un árbol (que puede ser el ciclo menor) sino cuando estás sumido en una de las etapas de dicho ciclo. Y de repente todo el aforismo se va a la mierda.

Esta extraña dicotomía nos seguirá acechando durante todo(s) nuestro(s) viaje(s). En el que me acompañas ahora y en el que probablemente no pueda acompañarte yo a ti (ni tú a mí; el del gran ciclo compuesto por sus ciclos más pequeños).

Ése era otro aviso para navegantes.

Así pues, mi acercamiento a la figura del héroe y a la del antihéroe será la de un diletante, alguien que ha cultivado un arte o una disciplina como aficionado, mas no como profesional. Y es que mis referencias en relación a lo que un héroe y un antihéroe no pueden sino estar esencialmente relacionadas al universo de la cultura popular en el que mi formación —como probablemente la mayoría de las vuestras— ha encontrado el lugar perfecto donde cristalizarse. Ese universo en el que música, literatura, cómics y cine —por citar sus exponentes principales— se dan la mano.

Así pues…

¿Qué es un héroe y qué es un antihéroe?

Analicemos primero las características de los héroes, a ver si podemos llegar a un cierto acuerdo a su respecto.

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Un héroe no puede ser tal sino se enfrenta a una gran adversidad

En primer lugar, por obvio, un héroe sólo es un héroe si se enfrenta a algún grave peligro, un terrible infortunio, alguna suerte de desgracia o desventura o, en definitiva, cualquier forma de fatalidad de la que el destino acabe responsabilizándole (o responsabilizándole, más bien, de restaurar el orden contra el que atenta dicha adversidad).

Pensemos en el héroe que pensemos, ya sea salvando a un bebé de un incendio, a la humanidad de un virus mortal o a la ciudad de Nueva York —y por extensión, al mundo— de un ataque alienígena, el héroe, para ser tal, siempre ha de enfrentarse a algún evento de ésos de los que en principio deberían ser solo producto de nuestras más terribles pesadillas. Algo que se sale por completo de la normalidad y que, por tanto, permite demostrar al héroe que está a la altura de esas situaciones especiales gracias, entre otras cosas, a sus «poderes especiales» —lo que nos llevará al segundo punto.

Esa gran adversidad, además, se convierte en su propósito, su misión. Por lo tanto, un héroe tiene un objetivo claro, uno que por lo general ha de pasar por restaurar el orden tras el caos causado por una enorme adversidad.

Un héroe tiene poderes especiales

Ojo, especiales, que no superpoderes. Un héroe no es un superhéroe, no confundamos. Un superhéroe suele ser un héroe —o un súperantihéroe, tal vez— pero eso es parte de otro tipo de narrativa. Pero sí, un héroe —para ser tal— tiene que tener poderes especiales. El hombre que salva al bebé del incendio tiene una férrea fuerza de voluntad y ningún miedo al fuego —o la forma de que la primera mitigue el segundo—; el científico que encuentra la cura del virus tiene un conocimiento, una creatividad y una determinación que le permite hallar ese antídoto; los soldados que se enfrentaron a los aliens para que éstos no destruyeran Nueva York —y en extensión el mundo— eran lo suficientemente valientes y estaban lo suficientemente bien entrenados como para llevar a cabo con éxito su misión.

Hasta el héroe más tonto, cobarde o pusilánime acaba teniendo un poder especial en forma de —dígase— suerte que le permite hacer justo lo que tenía que hacer para llevar a cabo su misión con indiscutible e inconmensurable éxito.

Un héroe NUNCA se rinde

Porque rendirse es de perdedores y un héroe siempre gana.

Sin importar cuántas sean sus derrotas acumuladas, hay algo en esa fuerza de voluntad —o en esa suerte— que tiene el héroe que consigue que siempre salga adelante en consecución de su objetivo, sin importar las palizas que lleve recibidas, lo imposible de su misión o el ámbito de urgencia en el que dicha misión se desarrolle, entre otros factores.

Un héroe es desinteresado, no es egoísta

El héroe no hace lo que hace por él mismo: lo hace por un bien mayor —aunque, importante, implique su mayor sacrificio (como podría ser incluso el de fenecer, sin ir más lejos).

Cree en los valores buenos que la sociedad impone sin plantearse siquiera durante un segundo la posibilidad de poder poner esos mismos valores en tela de juicio. Para un héroe no existen escalas de gris entre lo que es bueno y lo que es malo. Él representa la bondad de manera estricta y, como tal, es el opuesto irreconciliable de todo lo que esa misma sociedad de la que forma parte considera malo. El héroe —como el hombre que salva al bebé del incendio, el científico que encuentra la cura a la pandemia o los soldados que se juegan el todo por el todo para que neoyorquinos y terrícolas puedan continuar con sus miserables vidas después de sobrevivir al ataque alienígena— está dispuesto a dar su vida por proteger aquello que amenaza la gran adversidad a la que se enfrenta.

Por esta misma razón, un héroe se define como el epítome de la responsabilidad, sea del tipo que sea dicha responsabilidad (individual o social, principalmente). Y todo recordamos lo que dijo el tío Ben, ¿no?

«Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.»

Lo que implica —o al menos eso piensan algunos— su opuesto:

«Una gran responsabilidad conlleva un gran poder.»

Quizás precisamente porque el héroe está dispuesto a tomar ciertas responsabilidades es por lo que adquiere ciertos poderes especiales. No me entretendré —al menos no en este momento— a dirimir si el huevo fue anterior a la gallina (o viceversa). Pero lo que es cierto es que la responsabilidad es uno de los valores buenos sobre los que se alza nuestra sociedad y, como tal, el héroe, en tanto que representación sublime de esos mismos valores buenos, es una persona completamente responsable (tanto de lo que sus acciones implican para sí mismo como de lo que sus acciones implican para los demás).

Un héroe siempre es honesto

En la misma línea de las trazas de identidad que estamos tratando, un héroe es honesto porque de no serlo dejaría de ser un héroe. Es otra obligación reflejo del lado brillante de la sociedad que el héroe representa. Podríamos concluir, para no hacer mucho más largo el cuento en este sentido, que un héroe representa todo lo bueno de la sociedad que le da forja y cabida, incluyendo, por supuesto, un código moral absolutamente intachable.

Y, por supuesto, un héroe — para serlo tal — debe estar absolutamente convencido de que lo que hace es «lo correcto». Sin un grado de convicción a pruebas de bombas atómicas el héroe no puede ser un héroe en toda su extensión.

Un héroe no espera nada a cambio

El héroe no sólo es desinteresado, va un paso más allá. Hace lo que hace porque hacerlo ya es de por sí suficiente premio para el héroe (dado el intachable código moral que observábamos en el punto anterior). Y es que hacer las cosas bien — en el mundo de los héroes — alimenta sus almas más que un asado de ternera sus estómagos. Es más, alimenta, sus estómagos. Lo alimenta todo. Es más, un verdadero héroe no se alimenta porque eso sería egoísta, habiendo tanta hambre en el mundo.

Un héroe es, en definitiva, un ejemplo a seguir

Y precisamente por todas esas razones, un héroe se alza como el ejemplo perfecto a seguir. ¿Quién no quiere salvar niños en incendios, a la humanidad de sus diferentes finales (ya sea que se produzcan por virus o alienígenas mortales) o la Tierra Media del terrible Sauron?

Un héroe es, en definitiva, una fuente constante de inspiración…

¿O no?

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Pues sí, quizás lo sea, pero hay una diferencia muy grande entre inspiración e identificación. Así que yo — más que preguntar por el grado de inspiración que alguien así podría llegar a transmitir — preguntaría por el grado de identificación que alguien así podría llegar a transmitir. Entonces la pregunta ya no es si el héroe nos inspira, sino:

¿Quién se identifica con el héroe?

He hablado hasta aquí, no obstante, de un héroe muy literario o específico en el tiempo. A fin de cuentas, todos los días uno no pasea frente a un incendio desde el cual suena el llanto de un bebé, todos los días no se desata una pandemia mundial (yo creo que una por siglo ya es más que demasiado) y definitivamente (por fortuna) todos los días los alienígenas no se deciden a atacar el mundo (tomando como puerta de entrada la ciudad de Nueva York).

Hoy en día los medios — el influyente cuarto poder — están llenos de otro tipo de héroes que se alejan bastante del modelo descrito (sobre todo en lo que a honestidad, altruismo y código moral en blanco y negro — que no en escala de grises — se refiere. Pero sí que nos los venden a través de la oposición que han demostrado a (lo que también nos venden como) grandes adversidades a las que nunca se rindieron; también nos los venden con poderes especiales que todos los mortales no tenemos (porque si todos los tuviéramos y todos fuéramos héroes, entonces el héroe no podría despuntar como tal entre una muchedumbre de iguales). Y, desde luego, también representan los valores buenos de la sociedad… o, al menos, los valores buenos que la sociedad nos trata de vender como tales. Una sociedad sobre la que — como vimos en el prólogo — bien podríamos acordar que está «profundamente enferma».

Entonces, si la sociedad de la que formamos parte alberga y manifiesta unos valores buenos que no son «tan buenos» cuando los analizamos en profundidad, ¿hasta qué punto los héroes que conocemos (o que nos venden) son verdaderos héroes y hasta qué punto deberían inspirarnos (o deberíamos permitir que nos inspiraran) lo más mínimo?

Formamos parte — en su mayor parte — de una sociedad profundamente materialista, terriblemente consumista y definitivamente capitalista — por citar algunos de sus principales defectos — en la que los valores buenos se escapan a la carrera de los verdaderos valores que podrían formar parte del intachable código moral del héroe. La honestidad, el altruismo y la integridad moral son valores que, si bien buenos cuando preguntamos a cualquiera por su definición, son ajenos a esos héroes contemporáneos que conocemos a través de los estímulos con los que los medios nos bombardean e incluso, me atrevería a decir, no todos profesamos rigurosa y constantemente salvo que con ello obtengamos algo a cambio — por lo que cuanto menos el altruismo deja de ser, de facto, altruismo.

Sólo hace falta echar un vistazo a las redes sociales para saber que ni somos honestos ni altruistas — a no ser que serlo de alguna forma nos suba los likes — ni nuestra integridad moral llega más allá de lo que una campaña de relaciones públicas digital pueda requerir. Cualquiera de esos «héroes contemporáneos» al momento de ser examinados bajo el microscopio, dejan de ser héroes en todo el amplio sentido de la palabra tal y como lo hemos descrito en un principio. El sacrificio, la valentía y la determinación sólo son valores buenos en función de la interacción que nos genere y del retorno de inversión que dicha interacción nos suponga.

Y sólo somos (y nos sentimos) inspiradores si tenemos una comunidad (digital) lo suficientemente grande a la que poder inspirar.

Entonces, una vez más, ¿quién se identifica con el héroe, ya sea de la primera o de la segunda clase?

La mayor parte de nosotros, supongo, vivimos vidas monótonas e incluso, si somos afortunados, no nos sentimos con la obligación de demostrar nada de ninguna otra manera, así como — mucho menos — nos sentimos con la obligación de demostrar ninguna heroicidad — ni de la primera ni de la segunda clase — a ningún círculo social (digital o no). Sabemos que tenemos nuestros defectos y que en ningún caso somos un cúmulo absoluto de virtudes.

Algunas veces mentimos por salir de un apuro (o porque se ha convertido en una forma de vivir la vida «a la defensiva».) 

A veces nos rendimos; a veces nos caemos y no nos volvemos a levantar para seguir enfrentando penalidades (o cuando lo hacemos nos olvidamos por qué nos habíamos caído).

No nos sentimos con poderes especiales — y si los tenemos, nos cuesta reconocerlos con claridad y, mucho más, ponerlos en práctica.

Funcionamos en mayor o menor medida a punta de puro interés. Vivimos en la vida que de lo que la vida nos ha enseñado. Y nos ha enseñado — desde bien pequeñitos — que «quien no llora no mama»; que a todo estímulo debería seguirle una respuesta; que si hago algo es por obtener algo a cambio. Que si estoy leyendo estas líneas es porque algo espero obtener de ellas. Que si hago deporte tendré un mejor cuerpo o, cuanto menos, una mejor salud. Que si subo escaleras estaré arriba y si las bajo estaré abajo. Que si quiero leche caliente he de calentarla. Que si quiero una vida de esta u otra manera hay cosas que tengo que hacer por conseguirla. Y que si me lanzan un golpe puedo tratar de evadirlo, tratar de detenerlo, tratar de contrarrestarlo siendo yo el que golpea de vuelta o simplemente detenerme a recibirlo. Bebemos agua y la meamos. Comemos comida y la cagamos. El aire entra y sale de nuestros pulmones. En definitiva, si algo nos ha enseñado y nos enseña la vida continuamente es que vivir es un interminable intercambio.

Hasta el héroe, por poco que le importe o que pretenda que le importe, recibe el júbilo de la afición cuando termina de hacer su heroicidad de turno. Ni siquiera el héroe, pues, es un verdadero héroe. Es más, incluso en el caso de salvar a un bebé de un incendio, al mundo de una pandemia o a la ciudad de Nueva York — y, por tanto, al mundo — de los alienígenas, el héroe está actuando para sí mismo: cuán doloroso sería, si no, tener que conciliar el sueño sabiendo que dejaste a un bebé morir entre llamas cuando pudiste haberlo salvado; cuán miserable sería no tener humanidad con la que compartir nada porque murió víctima del virus; cuán descorazonado sería entregar el planeta Tierra (ciudad de Nueva York mediante) a una raza alienígena de modo que tú, como héroe, no tengas después donde vivir.

A veces somos irresponsables y nos olvidamos de todo lo que no se trata de nosotros mismos. A veces nos cuesta ponernos en los zapatos de alguien de modo que podamos empatizar con ellos y ver las cosas desde su punto de vista. A veces creemos en los valores de la sociedad en la que vivimos y a veces los detestamos y desearíamos vivir a un millón de años-luz de todo lo que represente a dicha sociedad (¿quizás en una sociedad alienígena?).

A veces sabemos que si queremos algo hemos de sacrificarnos por ello, pero estamos demasiado cómodos y demasiado calentitos y demasiado relajados como para levantar el culo y hacer algo — incluso aunque el destino de la humanidad dependiere de ello.

A veces — la mayoría de las veces — no tenemos ganas de dar nuestra vida por un bien mayor.

A veces vemos las diferentes escalas de grises que hay entre un valor bueno y uno malo; a veces un valor que era buena nos parece malo y uno que era malo nos parece fantástico y tenemos ganas de abrazarlo y hacemos toda una serie de cambios en nuestra vida que implica jugar a la rayuela con dicha escala de grises, saltando entre matiz y matiz y esperando encontrar el nuestro.

A veces, incluso, somos malvados y lo somos a conciencia. A veces no es a conciencia, pero lo somos. Y a veces nos damos cuenta de que lo hemos sido y nos encogemos de hombros y seguimos nuestro camino. Y es que a veces actuamos por convicción y otras veces simplemente actuamos. Porque algo hay que hacer aunque no sea lo que queremos hacer, aunque nunca nos hubiéramos planteado hacer eso que hemos hecho o que nos toca hacer.

A veces — la mayor cantidad de ellas — somos un difícil ejemplo a seguir.

Y a veces — la más amplia totalidad de ellas — no somos héroes, héroes de ningún tipo, ni de los de la primera ni de los de la segunda clase (ni de ninguna otra clase que queramos inventarnos).

Eso sí, la mayor parte de las veces, como los (verdaderos) héroes (se defina como se defina ese «verdaderos»), afrontamos grandes adversidades,  graves peligros, terribles infortunios, alguna suerte de desgracia o desventura o, en definitiva, cualquier forma de fatalidad de la que el destino — sin ponernos metafísicos al respecto — acabe haciéndonos parte.

Y a esa parte de nuestra existencia es a la que llamamos vida…

…como la de cualquier otro antihéroe.

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¿Qué es, por tanto, un antihéroe?

Un antihéroe, como ya vimos, es un personaje de una obra de ficción que desempeña el mismo papel de importancia y protagonismo que el héroe tradicional, pero que carece de sus características de perfección por tener las virtudes y defectos de una persona normal.

Ya os pedí que, de esa definición, apuntarais las palabras clave, que más tarde analizaremos. La respuesta que yo os puedo dar a la pregunta que abre este apartado — o la que os quiero dar, en definitiva — es la de la aplicación del principio de exclusión: ¿Qué es un antihéroe? Todo aquello (todo aquel o aquella) que no es un héroe.

Porque villanos, en principio, no creo que nos consideremos ninguno de nosotros. Pensar que somos malos, que nuestras intenciones son pérfidas y que vivimos nuestras vidas como agentes del caos no creo que esté en la sana conciencia de nadie. Y si de insana conciencia se trata, es que tenemos problemas mentales de ésos de los que se alejan mucho — muchísimo — de una simple neurosis (recuérdese leer «inestabilidad emocional» si los palabros médicos incomodan).

Y como antihéroes, precisamente, vivimos — como protagonistas — nuestra propia historia, obra de ficción o no, que, según se mire, a muchos esto de estar vivo nos puede parecer, como a aquel Beatle, un guión del cual nunca se llega a producir la película; una historia — la que vivimos — como la que vive el héroe, con la misma importancia que la de aquél; una historia en la que enfrentamos adversidades, terribles o no, pero adversidades al fin y al cabo. Porque ya de por sí nuestra primera respiración supone una adversidad a la que oponerse para comenzar a vivir; crecer y hacerlo sano (tanto física como mentalmente), prosperar — sea lo que sea que «prosperar» signifique para ti, que no es éste el momento de analizarlo —… todo son retos (adversidades) contra las que combatir y a las que enfrentarse.

Eso sí, con toda una serie de defectos que ya son los que ya hemos — o deberíamos haber a esta altura — asumido, todos ellos muy lejos de nada que pueda ser considerado ni siquiera remotamente perfecto.

Así pues, como los antihéroes que somos, con ello en mente, enfrentémonos a este viaje que aquí os propongo así como nos enfrentamos al viaje que es la vida. Un viaje cíclico compuesto de ciclos más pequeños, cada uno de ellos, a su vez, compuesto por etapas más pequeñas que en los sucesivos capítulos atravesaremos para alcanzar nuestro objetivo final. Un objetivo que, no lo olvidéis, es el de llegar justo adonde empezamos — porque es lo que tienen los ciclos. Eso sí, si hacemos bien nuestro trabajo de antihéroes será imposible que lleguemos en las mismas circunstancias en las que nos encontrábamos.

Vamos, antihéroes, ¡nos llama la aventura!

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Ibai Fernandez
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