El amor en la Edad Media · Un artículo de Ibai Fernández

El amor en la Edad Media (amor cortés) representa una concepción complicada del amor propia de la complejidad social que la época en la que nació llevaba adscrita.

Hablamos de una sociedad, primero, muy violenta y, segundo, extremadamente jerarquizada. En ella, el máximo exponente de la masculinidad quedaba representado por el hombre de armas, los velatores, quienes parecían encontrarse en la perpetua necesidad de hacer destacar su honor por encima del de sus semejantes — y de demostrarlo a través de continuas manifestaciones de su valor (entendido éste tanto como importancia como valentía).

A fin de cuentas, la concepción romántica del amor cortés encontraba sus pilares en los principios de la nobleza y la caballerosidad, pilares en sí mismos construidos acorde a la esencia rígida y estricta que permeaba todos los aspectos socioculturales de la época; amparados, por supuesto, en la estricta rigidez de la religión católica, presente en cada aspecto de la vida — e incluso del lenguaje a través del latín, lengua oficial de la Iglesia Católica, principal órgano de autoridad de la época.

Así, el amor en la Edad Media nacía de dos padres enfermos: primero, de la mórbida necesidad de evidenciar constantemente el honor a través de muestras — algunas descabelladas — de valentía; y, segundo, de las diferentes directrices dogmáticas de la filosofía católica: la búsqueda del amor divino como principal aspiración humana, la consecución de éste a través del sufrimiento terreno y la personificación de ambos en la búsqueda axiomática de la virtud humana — en relación, una vez más, a la virtud divina.

De este modo, ante una sociedad esencialmente crédula, el amor cortés salió de la literatura para instalarse en la sociedad que le había dado vida. El amor en la Edad Media se traducía, por ende, tanto dentro como fuera de los libros, en una suerte de juego retorcido en el que el hombre entregaba su posesión más valiosa — el honor — a una mujer, no sin antes pasar todas las pruebas y peripecias necesarias para demostrar que ese honor — a través del valor — hacía digno dignatario al hombre — el caballero — del amor de esa mujer — la dama.

El amor en la Edad Media encontraba otro de sus principales pilares en su esencia dramática.

Y es que no sólo se trataba de evidenciar el proceso casi jurídico de la puesta a prueba del amor mutuo de los pretendientes. A fin de cuentas, siguiendo la tónica religiosa, el juicio máximo había de ser de Dios y sólo poniendo el romance a prueba de su juicio, los amantes estaban siendo consecuentes con su fe y certificando verdaderamente la divinidad de su amor.

Se trataba de hacerlo de una manera dramática en tanto que teatral, histérica en tanto que enferma de necesidad de atención — como lo era la necesidad enfermiza de demostrar constantemente el propio honor, por ejemplo — e histriónica en el sentido de que esta representación amorosa no era más que una máscara (histrion) que cubría el romance a ojos de la sociedad que asistía a su formación.

Un histrionismo en muchos casos relacionados a través de la frustración y la sublimación de ésta al erotismo: en un mundo en el que el sexo era el máximo tabú, la catarsis (representada al estilo de la tragedia clásica) era, más que emocional, la resultante de la sublimación de la frustración sexual instalada en la época, así como otra de las componentes fundamentales de este tipo de amor y de la literatura en la que estaba contenido.

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